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Autoodio lingüístico: ¿por qué me da vergüenza hablar mi propia lengua?

by on noviembre 13, 2015

El sol cae a plomo sobre el área de servicio. Aparcan enfrente del restaurante, junto a dos jóvenes que rezan hacia la Meca1. Arrodillados sobre las hojas, se quedan mirando embelesados los enormes neumáticos y dos hombres salen del coche, destilando prepotencia por los cuatro costados. Minutos después, hacen su entrada en el restaurante como dos toreros que llegan a la plaza en flamante traje de luces. Toman asiento, yo espero las vueltas de mi desayuno en la mesa de al lado. Visten traje y chaqueta, y vistos de cerca, parecen padre e hijo. Comparten incluso cierto aire rancio, casposo.

Me traaae una manzanilla, por favooor. Pide el más joven, con lo que a la camarera le parece una boca desmesuradamente abierta.

¡Una mansanilla!… exclama el mayor, guasón. La camarera apunta una manzanilla. Loss hombres no toman mansanilla.

Sonrío mientras juego con las migas que hay en la mesa. ¡Vaya par! Por mucho que quisieran, no podrían deshacerse de esas eles tan particulares. Ni de esas eses sonoras. Ni aunque los abandonasen a su suerte en un pueblo perdido de Castilla, donde hay quien se jacta de hablar el español más puro; ni por esas perderían el acento catalán. La chica trae la bebida caliente; me digo que van a empezar a hablar en catalán de un momento a otro, que antes han hablado español para que la camarera pudiese reír su gracia, pero que van a volver a la que es, claramente, la lengua materna de ambos. Pero nada de esto sucede; los hombres inician su cháchara en español. Un español manchado de eses sonoras, vocales abiertas y eles velares.

¿Puede que me equivoque? ¿Que tal vez no tenga el oído fino del que siempre presumo, y realmente, no hablen catalán?

Loss hombres de verdat beben servesa—ríe el padre. Confirmado: catalanes hasta la médula. Mientras que la ele en español es puramente alveolar, la ele catalana tiene una resonancia similar a la del inglés. Inconfundible. Como inconfundible es la asimilación que se produce al pronunciar “los hombres”, como el zumbido de un mosquito. ¿Y qué decir de las vocales, especialmente abiertas? ¿Las des que se tornan tés? ¿Las ces seseantes?

España es uno de los estados más plurilingües de la Unión Europea, con un 41% de la población viviendo en comunidades con dos idiomas oficiales. Junto con el euskera y el gallego, el catalán es uno de los idiomas cooficiales del país. Se trata de una lengua romance (es decir, perteneciente al grupo de lenguas derivadas del latín), hablada por unos 10 millones de personas. El catalán es el idioma nativo, es decir, el histórica y culturalmente vinculado al territorio en que se desarrolla nuestra historia; y sin embargo, a día de hoy, el castellano es la lengua más empleada entre la población. Uno de los conceptos lingüísticos que da nombre a este fenómeno es el autoodio.

El concepto autoodio, originalmente self-hatred, lo emplea por primera vez el psicólogo norteamericano Gordon W. Allport para referirse al sentimiento de vergüenza que una persona experimenta al tener ciertas características individuales que desprecia en su propio grupo. Sin embargo, es el sociólogo español Rafael Ninyoles pionero en aplicar al ámbito lingüístico este concepto, que en los años 80 despertará cierto interés no sólo a nivel estatal. ¿Qué significa autoodio en lingüística?

En una situación de autoodio, el hablante se siente avergonzado de hablar su propio idioma, que considera inferior y desprecia, y lo sustituye por otro, con frecuencia el dominante, que tiene el prestigio social. Lejos de ser un fenómeno exclusivo del ámbito catalán, se manifiesta en diversos escenarios lingüísticos por todo el mundo; lo encontramos en lenguas como el quechua (frente al español en Perú) o el bretón (frente al francés en Francia). Mostrando un rechazo total por su lengua materna, el hablante no sólo desea “pasarse” a la lengua dominante, sino también ocultar su acento y hasta su nombre (ej. si el hablante se llama Pere, se presentará a sí mismo como Pedro). Esconder, en definitiva, cualquier indicador de los orígenes.

Si bien se trata inicialmente de un comportamiento lingüístico individual, termina por generar tensiones a nivel colectivo: por una parte, está el hablante que decide abandonar su lengua y siente hostilidad hacia aquellos que deciden mantenerse fieles a ella, y por otra, está el hablante que acusa al primero de ser desleal con su comunidad y querer asimilarse al grupo de la cultura dominante.

Sobre el catalán, igual que sobre cualquier otra lengua minorizada, pesan muchos prejuicios. Generación tras generación, existe la creencia social de que hay que ser hospitalario con el forastero y hablarle español, siempre, aunque entienda el catalán. De que ésta ha sido tradicionalmente lengua de pueblerinos, y que en la actualidad, es también la lengua de radicales e independentistas2. Hablar español supone rasgarse las vestiduras provincianas e imbuirse en lo que creen es un halo de cosmopolitismo. Porque el catalán es una rémora para el futuro. Porque no tiene ni el prestigio ni la importancia del español. Porque es un idioma demasiado pequeño y rural para expresar los elevados pensamientos de algunas personas.

¿Dónde hay que buscar las causas a este fenómeno? ¿Tal vez en la desidia de un pueblo sin conciencia propia al que ha dejado de importarle su lengua? ¿Quizás en los cuarenta años de dictadura que sufrió el país que se encargaron de combatir vorazmente las diferentes culturas para “unificar” España, negando la diversidad lingüística, y erradicando en medida de lo posible el gallego, el euskera y el catalán?3 Las raíces del fenómeno son sin duda profundas. Pero esa es otra historia.

Cómo te diría yo… El catalán es… como las zapatillas de andar por casa: cómodas, hechas al pie, pero viejas y feas, me explicó un día mi abuela, cuando le pregunté por qué no había hablado en catalán a mi padre, siendo, como era, su lengua materna. El español, por el contrario, es como los zapatos que uno se pone los domingos. Unos zapatos de charol, elegantes, impolutos. Nadie sale a la calle, exponiéndose al mundo, con unos zapatos harapientos y sucios, ¿entiendes, cariño?

Y es que cuando un idioma se convierte en unas zapatillas de andar por casa, cuando ha perdido todo el prestigio, es sólo cuestión de tiempo que el hablante deje de sentirse cómodo usándolo y lo abandone.

Aquí tienes—dice la camarera, dejando las vueltas sobre la mesa. El tintineo de las monedas me despabila. Me he quedado embobada, los ojos clavados en la mesa de mis vecinos, que me miran con el ceño fruncido. Uno de ellos sostiene la mirada unos segundos, después me da la espalda.

Vaja bé4les espeto, algo triste, recojo las vueltas y salgo del restaurante.


 

NOTAS

1 Cada verano, las áreas de servicio de la costa este española se llenan de franceses de origen magrebí de camino a sus países de procedencia.

2 Erróneamente, a modo de estrategia política, se ha relacionado la defensa del catalán con una voluntad separatista: Cataluña, región situada en el noroeste español, reclama su independencia respecto de España (las primeras manifestaciones datan de principios del siglo XX). Desde 2012 los movimientos a favor de la independencia se han fortalecido y en la actualidad, el gobierno catalán planea celebrar un referéndum (al que, por cierto, se opone el gobierno central).

3 El español era la única lengua reconocida políticamente durante el Franquismo (1936-1975). Durante este período, la lengua y cultura gallega, vasca y catalana eran sistemáticamente perseguidas.

4 Literalmente “que vaya bien”. En catalán es una forma muy común de despedirse.

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